Relación entre la ciudad de Jerez de la Frontera, Cervantes y El Quijote
- A Félix
Villagrán, por Marciano Breña
Este año de 2.015 se celebra el cuarto centenario de
la Segunda Parte del Quijote y cada cual ha aportado
lo que ha podido a los fastos. Todos quieren hacer suya esta obra principal
pero más difícil resulta conseguir pertenecer a ella. Dado que “El Quijote” ha
sido protagonista este año, enorgullece sentirse partícipe de su aventura, y el
que puede arrima el ascua a su sardina; el lector lo confirmará con una simple
ojeada a Internet.
No obstante, este hecho no es nuevo: desde hace ya décadas,
en Salamanca aparecen, situadas a lo largo de calles
y plazas, placas rotuladas con citas cervantinas que recogen las referencias a
la ciudad y a sus habitantes de “El Quijote” y otras obras del inmortal autor.
Dichas placas constituyen tanto un homenaje al novelista como una muestra de
orgullo y satisfacción por los elogios, recibidos en sus distintas facetas
humanas y urbanas, de mano de una obra literaria cuyo conocimiento se extiende
a lo largo de todo el mundo y de la historia.
No sólo Salamanca aparece recogida por la pluma del Manco. Las
grandes ciudades andaluzas, Sevilla, Córdoba o Granada,
no dejan de tener aquí y allá referencias a lo largo de la narración, aunque
igual de interesante puede ser escudriñar qué pueblos o ciudades menos
significadas merecieron la atención del autor para recogerlas de una u otra
manera como puntos que van jalonando el trayecto literario del hidalgo
manchego.
Es interesante desde el momento en que tal trayecto del hidalgo es
trasunto del geográfico y vital que recorrió el mismo autor; así, muchos
consideran a Cervantes como un Quijote (aunque él se identifique también con
otros personajes, verbigracia el canónigo) y, más aún, podemos apuntar la
posibilidad de que Dulcinea fuera el personaje paralelo a su propia mujer, la
manchega Catalina de Salazar. De manera que si Cervantes pisó, por
ejemplo, Baeza o Vélez-Málaga, podemos ver cómo aparecen
presentadas en algún lugar de la obra; así, en el capítulo diecinueve, de la
aventura que le sucedió con un cuerpo muerto, explica el licenciado: “Vengo de
la ciudad de Baeza, con otros once sacerdotes; vamos a la ciudad de Segovia,
acompañando un cuerpo muerto, que es de un caballero que murió en Baeza”. O en
el capítulo cuarenta y uno, donde todavía prosigue el cautivo su suceso, uno de
sus compañeros exclama, como lo haría el propio escritor tras su liberación:
“Gracias sean dadas a Dios, señores, que a tan buena parte nos ha conducido.
Porque, si yo no me engaño, la tierra que pisamos es la de Vélez Málaga”. Para
calificarla de “tan buena parte” no constituía obstáculo el hecho de que Vélez-Málaga
era donde estaba gestionando unos asuntos para la Hacienda que le costaron una
denuncia pagada con prisión preventiva en la cárcel de Sevilla. Los malos
recuerdos no eran suficientes para abatir su altura humana, si bien ésta se
combinaba frecuentemente con buenas dosis de amarga ironía.
Podemos preguntarnos ahora: ¿y Jerez?,
¿aparece nuestra ciudad recogida en el texto de la primera novela de la
literatura universal?, ¿hay alguna relación entre Jerez y “El Quijote”?. Pues
bien, a estas preguntas podemos contestar afirmativamente y, a continuación,
intentaremos justificarlo.
Una primera aproximación a la presencia de Jerez en Cervantes y
“El Quijote” la constituye la persona de un jerezano poco conocido y que es
digno de mayor relevancia tanto por su personalidad como por sus obras. Se
trata de Pedro de León, jesuita que nació en Jerez de la
Frontera en 1.545 y murió en la Casa Profesa de Sevilla el 24 de septiembre de
1632. Su familia era favorecida de vez en cuando por el Duque de
Medina-Sidonia. Coincidió con Cervantes por primera vez en el Colegio de la
Compañía de Jesús y entrado el siglo XVII volverán a coincidir los dos en la
Cárcel Real de Sevilla aunque en distintos papeles: el uno como capellán, o
asimilado, de la Cárcel y el otro condenado y preparando las palabras que
escribiera en el prólogo de la novela allí “donde toda incomodidad tiene su
asiento y donde todo triste ruido hace su habitación”. Posiblemente no preparó
solo el prólogo sino que cada vez parece más claro que fue en la cárcel de
Sevilla, y no en la Cueva de Medrano en Argamasilla, donde se escribió el
grueso de la Primera Parte, cuya edición príncipe hace nueve años celebramos.
Según Félix Martel, por los años en que Cervantes paraba en la
metrópolis un humanista jerezano, el canónigo Francisco Pacheco,
dirigía la biblioteca de la catedral hispalense, donde se guarda el manuscrito
de “La tía fingida”, novela ejemplar que llegó a ser publicada junto a una
serie de poesías burlescas del mencionado Pacheco, aunque se puede atisbar que
ejerció de negro don Miguel, quien por otro lado elogió ampliamente al jerezano
en “La Galatea”.
Esta relación personal se completa con la del pintor
sanluqueño Francisco Pacheco, sobrino homónimo del
canónigo y suegro de Velázquez, que probablemente retrató a Cervantes entre los
personajes de un cuadro que representa a San Pedro Nolasco en el rescate de
cautivos y se conserva en el Museo de Sevilla; este pintor conservaba una
versión autógrafa del soneto cervantino a la muerte de Fernando de Herrera.
Metiéndonos en el contenido de la obra, la primera relación que
debemos señalar, aunque todavía sea indirecta, entre la ciudad y “El Quijote”
es un personaje ficticio. De Jerez es Martín (“Martín de Jerez”),
el protagonista del cuento del alemán decimonónico Juan Fastenrath (traducido y
versificado por Juan Valera), que recoge una leyenda similar a la de otro
cuento escrito por Fernán Caballero, autora próxima a las tradiciones
jerezanas. El personaje, comparado ventajosamente con don Juan Tenorio, es el protagonista
de una fábula de la literatura oral popular española que para conquistar a su
dama realiza una hazaña consistente en dejarse descender por una sima profunda,
acción que fue copiada por Don Quijote al bajar a la cueva de Montesinos. Entra
dentro de lo muy posible que fuera uno de aquellos dos jerezanos quien le
contara a Cervantes el relato popular del temerario jerezano.
Cueva
de Montesinos
Ahora bien, una presencia directa de Jerez, a través de su
paisaje, aparece en el capítulo dieciocho, donde se cuentan las razones que
pasó Sancho Panza con su señor don Quijote, cuando al divisar dos rebaños de
ovejas entre polvaredas, se nos dice: “Pusiéronse sobre una loma, desde la cual
se vieran bien las dos manadas que a Don Quijote se le hicieron ejércitos.
Pero, viendo en su imaginación lo que no veía, comenzó a decir: "En
estotro escuadrón vienen los que beben las corrientes cristalinas del olivífero
Betis; los que tersan y pulen sus rostros con el licor del siempre rico y
dorado Tajo; los que gozan las provechosas aguas del divino Genil; los que
pisan los tartesios campos, de pastos abundantes; los que se alegran en los
elíseos jerezanos prados”.
En un estilo culterano, propio de Don Quijote cuando habla como
caballero andante, nos describe a los guerreros que divisa, entre los que
destacan, tras los procedentes de Sevilla, Toledo y Granada, aquellos que
habitan la provincia gaditana y luego muy en concreto los caballeros jerezanos.
Cita a los prados, pero ¿como sinónimo de viñas o en el sentido de praderas, y
campiñas en general, agradables de ver y vivir? Los califica de elíseos,
equiparándolos hiperbólicamente a los campos donde, en la mitología griega,
habitan las almas de los hombres tras la muerte y, de hecho, en la literatura
clásica no era rara la asimilación entre la sensación que provoca el vino y la
situación del alma desligada de materia. Sin embargo, el predominio de la viña
en el paisaje jerezano es posterior a la época de los libros de caballería y a
la de Cervantes porque su lugar estaba ocupado por el olivar y los pastos, lo
que no obstaba para una inveterada fama de sus vinos; pero la expresión
“alegran” alguien puede traducirla sin metáfora por “embriagan”. La explicación
está en el gusto por el uso de palabras y frases con doble sentido muy propio
de Cervantes cuando habla por sí mismo, como precursor del conceptismo,
reservando el culteranismo como modo expresivo del ingenioso hidalgo (aunque en
tal caso paradójicamente éste es el que habla).





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