Relación entre la ciudad de Jerez de la
Frontera, Cervantes y El Quijote
- A Félix Villagrán, por Marciano Breña
Sin embargo, Jerez no sólo tiene naturaleza famosa. Sus hombres están a igual altura, como testimonia el capítulo cuarenta y nueve, donde se trata del discreto coloquio que Sancho Panza tuvo con su señor don Quijote, cuando el canónigo, admirado de la extraña locura del hidalgo, que mostraba bonísimo entendimiento y sólo perdía los estribos en tratándole de caballería, hace de boca de Cervantes para criticar a los libros de caballería y ofrecer una alternativa digna: “¿Es posible, señor hidalgo, que haya podido tanto con vuestra merced la amarga y ociosa lectura de los libros de caballería? Redúzcase al gremio de la discreción, empleando el felicísimo talento de su ingenio en otra lectura que redunde en provecho de su conciencia y en aumento de su honra. Y si todavía quisiere leer libros de hazañas y caballerías, lea en la Sacra Escritura el de los jueces; que allí hallará verdades grandiosas y hechos tan verdaderos como valientes. Un Viriato tuvo Lusitania; un César, Roma... un Garci Pérez de Vargas, Jerez, cuya lección de sus valerosos hechos puede entretener, enseñar, deleitar y admirar a los más altos ingenios que los leyeren. Esta sí será lectura digna del buen entendimiento de vuestra merced, señor Don Quijote, de la cual saldrá erudito en la historia, enamorado de la virtud, enseñado en la bondad, mejorado en las costumbres, valiente sin temeridad, osado sin cobardía y todo esto para honra de Dios, provecho suyo y fama de la Mancha”.
Sin embargo, no es sólo este personaje
jerezano, merecedor de la alusión elogiosa que Cervantes le dedica comparándolo
con los principales de la Historia, el único que aparece sino que hay un
segundo referente, que había salido previamente en nuestra novela, cuando en el
capítulo ocho, que trata de la aventura de los molinos de viento, don Quijote
le dijo a su escudero: “Yo me acuerdo haber leído que un caballero español
llamado Diego Pérez de Vargas, habiéndosele en una batalla roto la
espada, desgajó de una encina un pesado ramo o tronco, y con él hizo tales
cosas aquel día y machacó tantos moros, que le quedó por sobrenombre Machuca, y
así él como sus descendientes se llamaron desde aquel día en adelante Vargas y
Machuca” (no hace falta advertir que machucar es igual que machacar).
Lo relatado sucedió, según anotación de la
edición del Instituto Cervantes, durante el cerco de Jerez (1223) en tiempos de
Fernando III, pero hemos de corregir la nota en dos sentidos: en el de que la
mayoría de los historiadores al hablar del tal suceso lo datan en 1232 (hay,
pues, un baile de cifras) y en el de que no se trataba de cerco sino de un
alagarada o incursión de castigo, muy anterior a la primera incorporación de la
ciudad a la Corona de Castilla, que tuvo lugar en 1249 (además, mal pudo
cercarse Jerez cuando aún no se había conquistado Sevilla, lo que ocurrió en
1248, ni Córdoba ni Jaén).
El hecho que Don Quijote recuerda haber leído se cuenta en la “Primera Crónica General”, en el “Valerio de las historias escolásticas y de España”, de Diego Rodríguez de Almela, y en el “Romancero” de Lorenzo de Sepúlveda. En el romance se arranca una rama de olivo y, ciertamente, aún hoy es muy frecuente en los ambientes rurales ver que los vaqueros para conducir sus reses utilizan ramas de olivo o acebuche, normalmente terminadas en porra, por ser muy resistentes a los golpes. Años más tarde, los Vargas de Machuca acabaron recibiendo escudo de armas en el que se ve las blanquiazules ondas jerezanas junto a una rama de olivo (desmintiendo a Don Quijote).
¿Se trata de un solo personaje con dos nombres distintos aunque fáciles de confundir o de dos personajes distintos con nombres y motivos de fama muy próximos?. Aunque pudiera parecer que se trata de un único personaje digamos rápidamente que son dos distintos y que, desde luego, han dado lugar a más de una confusión, tanto entre eruditos del pasado como entre lectores de hoy por muy naturales que sean de la misma ciudad jerezana. Efectivamente, según Bartolomé Gutiérrez (1.754), de la genealogía de esta casa escribió el árbol don Pedro Colón, caballero jerezano descendiente del Colón del Descubrimiento, que atribuye equivocadamente el origen de la casa Vargas-Machuca a Garci Pérez de Vargas, dándole el honor de haber ganado el apellido Machuca. Ciertamente, un posterior Garci Pérez de Vargas (Machuca) es progenitor de los Vargas-Machuca subsiguientes; pero éste fue nieto de Diego Pérez de Vargas, el hermano mayor de Garci Pérez y el que ganó el renombre de Machuca en la batalla sobre los campos de Jerez. Asimismo, en Sevilla, cerca de la Puerta de Jerez, había una lápida que decía: “Un rey godo me fundó/ con muros y torres altas;/ y el Rey Santo me ganó/ con Diego Pérez de Vargas”. Otros autores recogen la inscripción lapidaria con Garci en lugar de Diego.
El P. Fray Felipe de la Gándara se
convence de ser yerro tanto el atribuir a Garci Pérez la ganancia del apellido
Machuca como el atribuir en el verso de Sevilla la hazaña a Diego pues éste
debería haber sido inscrito con el Machuca. Por tanto, los Vargas de Machuca
son los descendientes de Diego y no de Garci, aunque, repetimos, años más tarde
un descendiente de Diego se llamó Garci Pérez de Vargas Machuca, dato que
provocó la equivocación de don Pedro Colón. En nuestros días hasta la
Enciclopedia Larousse confunde ambos personajes y asigna el Machuca a Garci.
Quede establecido ya para claridad del lector que Diego y Garci Pérez
de Vargas, hermanos, eran hijos del toledano Pedro de Vargas y ambos, luego
jerezanos de adopción, participaron previamente con Fernando III en la
conquista de Sevilla.
La batalla donde el primero ganó el Machuca
fue librada en 1.232 en las proximidades de Jerez, por la zona en que
ahora está la iglesia de San Miguel, y los cristianos iban dirigidos por el
infante don Alonso, hermano del rey don Fernando, y por Alvar Pérez de Castro,
que gritaba “Diego, machuca”; en la misma escaramuza, Garci, recién armado
caballero antes de entrar en batalla, dio muerte al rey de los Gazules. Tan
sorprendente fue la victoria que los cristianos la atribuyeron a la
intervención milagrosa de San Miguel y Santiago y, en su recuerdo, más tarde
Alfonso X decidió dedicarles a ambos santos sendas capillas en dos salidas de
la ciudad. Si no intervinieron dos héroes celestes hermanados desde luego
intervinieron dos hermanos terrestres heroicos (y uno de ellos, homónimo),
dignos paralelos históricos de los protagonistas de los libros de caballerías
que a Don Quijote le habían hecho perder el seso.
Tras la definitiva conquista de Jerez por
Alfonso X el Sabio en 1264 (cuando sí hubo un cerco de cinco meses), Garci
Pérez es seguro que recibió, en el repartimiento de la Collación de San
Salvador (folio 25, asiento 326), casa situada entre la alhóndiga y la casa de
un almogávar de caballo “y que hereda con los donadíos”, amén de otras casas en
la Collación de San Mateo, próximas a las casas del “infante don Ferrando, fi
del rey” y a las de don Alfonso, también “fi del rey”, y en la Collación de San
Lucas otras lindantes con casas del obispo don Remondo además de otras “que
compró a un moro que tiene carta del rey” y otras en la de San Juan. El asiento
1068 (folio 89) habla de un "Garci Pérez de Toledo y su mujer, doña
Marina" que puede ser coincidente con nuestro personaje, sobre todo por el
gentilicio "de Toledo". Este segundo de los hermanos fue el primer
Alcaide nombrado de Jerez y su teniente fue Pedro Alonso, pero no
olvidemos que la figura del alcaide no era idéntica a la de los actuales
alcaldes (por ejemplo, había a la vez varios alcaides y podían tener
competencias diferentes). Entre su descendencia hay que contar a Blas Infante,
fundador del andalucismo, que tenía el Pérez de Vargas como segundo apellido.
Por su parte, Diego Pérez parece, según el
repartimiento de los nuevos pobladores de la ciudad, que también recibió casas
en la Collación de San Juan y en la de San Dionisio. Pedro de Medina y Mesa
cuenta que Diego había merecido tanto el respeto del rey Fernando III, que éste
le pidió a su hijo Alfonso que, cada vez que pudiera, lo visitara y honrara. El
Sabio, con motivo de su estancia de casi un año en Jerez, no dejó de cumplir el
deseo paterno y, disfrazado de campesino, fue a buscar al ya anciano caballero,
que trabajaba en su viña jerezana; éste, al descubrir al visitante,
le preguntó la causa de tal honor y el rey lo saludó con la explicación “a tal
podador, tal sarmentador”. Aunque esta anécdota también es situada por algún
autor en viñas toledanas, es irrefutable que el apellido Vargas-Machuca arraigó
en Jerez hasta nuestros días, y de aquí partió más tarde a otros lugares, como
Extremadura.
Es poca la atención que en Jerez se le ha
puesto a estos dos Pérez de Vargas y mayor la que han merecido algunos de sus
descendientes destacados en distintas actividades. Es momento apropiado
de revalorar a los originales. ¿Se puede pedir para ellos algún
monumento, la rotulación de calles o plazas, la titulación de centros docentes?
Pedido queda en este año quijotesco.
Por lo demás, y a modo
de resumen, queda clara la séxtuple relación entre Jerez y “El Quijote”.
Es seguro que existen más nexos que dejo para otros buscadores, pero además
queda flotando la duda de si pudo venir o no Cervantes a nuestra ciudad en
alguna ocasión, dada su andariega profesión de alcabalero, y dada también la
circunstancia de que aquí contábamos con la presencia tempranamente arraigada
de frailes trinitarios y mercedarios, dedicados a la liberación de esclavos
como el propio escritor, que debía la libertad a la Orden Trinitaria, uno de
cuyos monasterios más próximos a África era el de Jerez.
De todos modos, en fin, acudamos a
Cervantes y a su obra, leámosla, que eso será el mejor homenaje en el
centenario, y agradezcamos que haya dejado apoyar su inspiración en
algunos componentes del acervo jerezano, lo que legítimamente puede ser
motivo de satisfacción para esta ciudad y que debería airearlo más de lo que
hasta ahora lo ha hecho.










.jpg)


































